Carrera de relevos
El dios Pan ha muerto, gritaron unos pastores griegos al paso del gran Alejandro Magno, cuando la humanidad no podía concebirse sin dioses. ¿Qué haremos ahora? Protestaron algunos. Lo que hemos hecho siempre: Erigir una nueva iglesia e inventar otros milagros.
Dios ha muerto, gritó Nietzsche muchos siglos más tarde, cuando en realidad quería decir que Dios estaba muriendo. Y al comprender la estridencia de aquella declaración, las iglesias de todo el mundo se organizaron para alargar la agonía todo el tiempo que fuese posible.
Amor ha muerto, gastado de tanto usarlo, gritan ahora los poetas posmodernos desde una pantalla de plasma. Y aunque a nadie le gusta esa declaración, también es cierto que ya nadie está dispuesto a sacrificarse en los cultos románticos.
El Diablo querría morir también, como todos los dioses que alguna vez concibieron los hombres, pero resulta que ya nadie le hace el menor caso.
Es por eso que está pensando en suicidarse.
10/05/09
30/03/09
En la capilla de la casa: El Maligno y yo
El próximo lunes día 6 de abril, tendrá lugar en el Café-Piaf (Antes Anaïs) C/ Buensuceso, 13. Granada, una lectura de mis relatos.
Se trata de Cinco relatos sobre el Adversario, en los cuales me entrometo en la vida de uno de los seres más entrometidos que existen.
Que sepais que Él ha sido invitado, si bien tiene por costumbre acudir sólo donde no le llaman
La verdadera naturaleza del Adversario

Nunca había creído que el Diablo fuese negro, ni que tuviera algo de femenino, ni que hablase lenguas extrañas, no la parecía que se escondiese en ciertos libros ni que tuviera predilección por los placeres de la carne. El Maligno que él temía solía aparecer en los noticiarios, en las declaraciones juradas de algunos políticos, en las razones por las cuales medio mundo se estaba muriendo de hambre mientras el otro medio se pudría de hartazgo.
Y aunque ya nadie cree en esas cosas, porque ya nadie cree en nada, algunas noches, cuando volvía de madrugada a casa, bebido, más escéptico que cuando salió por la tarde, le había parecido verle agazapado entre las sombras de la ciudad desierta. Avisando de que podría ser cierto.
3/03/09
Habitación de invitados: Miguel A. Zapata
He invitado a Miguel A. Zapata a pasar unos días en Domuscáliz. Él, como buen invitado, ha llegado con un regalo. Una revelación de su último libro "Revelaciones y magias"
Revelación primera
"En el vagón del metro, un chistoso gastó la broma de lanzar como una bomba de mano su inocente botella de agua. Flotan ahora lentamente, en el interior del vagón, los cadáveres de los pasajeros, entre una estación y otra, peces con zapatos, pequeño océano suburbano anegado hasta el techo."
Revelación primera
"En el vagón del metro, un chistoso gastó la broma de lanzar como una bomba de mano su inocente botella de agua. Flotan ahora lentamente, en el interior del vagón, los cadáveres de los pasajeros, entre una estación y otra, peces con zapatos, pequeño océano suburbano anegado hasta el techo."
4/02/09
La habitación de la música: Antony and the Johnsons, y la luz vuelve a llorar

Nuevo album de Antony, y de nuevo hay poesía sin que haya libros. Para todos aquellos que estábamos necesitados de un nuevo tratamiento, vuelve la receta que mejor ha logrado tratar la melancolía. No curándola, sino haciéndola placentera.
Comprimidos musicales
Laboratorios Cáliz Marca Registrada
Lea este prospecto mientras escucha el CD, y guárdelo para posibles consultas.
Composición Química:
50% música intimista, 50% intérprete hipersensible.
Principio activo: Antony and the Johnsons Excipiente idóneo s.c.
Aviso: suelen aparecer ecos lejanos de parques, de noches de derrota, de preguntas sin respuesta.
Presentación:
Tres canciones sueltas que se administran vía auditiva. Abstenerse de usar mediante vía oral, por razones obvias.
No tome Comprimidos musicales si:
- Es usted feliz en un centro comercial durante la Navidad.
- Disfruta las conversaciones telefónicas de más de media hora.
- Ha leído en el último mes más de dos best sellers.
- Nunca se ha sentido triste sin razón aparente.
Posología:
Una audición al día, aumentando la periodicidad si fuese preciso. No superar el límite de tres tomas diarias, salvo casos de decepción amorosa provocada por desengaño agudo, en cuyo caso, se aconseja consultar con el especialista.
Conducción y uso de máquinas
Pueden oírse los Comprimidos musicales en el coche, sobre todo si el paciente no conduce y tiene cerca una ventanilla con paisaje suficientemente evocador. Para el ordenador, se aconseja reproducir estando activo algún salvapantallas con fotos de personas queridas.
Embarazo:
No está demostrado que Comprimidos musicales aumente el riesgo de embarazo, sin embargo, no se aconseja su consumo junto a la pareja habitual, durante los días fértiles.
Uso de otros medicamentos:
Comprimidos musicales es compatible con una botella de vino y una copa, en cuyos bordes uno pueda dejar resbalar los labios. Sobre otros sicotrópicos, consulte con su farmacéutico o su camello de guardia.
Posibles efectos adversos:
1º) Ocasionalmente se han descrito cuadros de insensibilidad al principio activo, provocados sobre todo por exceso de pragmatismo, ausencia de introspección y abuso de los programas televisivos de crónica rosa.
2º) En caso de incomprensión de las letras o de falta de emoción, suspender el tratamiento y devolver inmediatamente el envase a su proveedor habitual. Los criterios de eliminación de envases desechados son muy estrictos para este tipo de preparados.
3º) Abundante literatura médica reconoce, sin óbice de la falta de ensayos clínicos que lo corroboren, que el consumo habitual de Comprimidos musicales obliga al enfermo a acudir a otros fármacos con el mismo principio activo. Para ello, Laboratorios Cáliz dispone de una amplia gama de productos al servicio de la moderna terapia.
4º) Efectos cardiacos. El principio activo puede interferir en complejos fenómenos del sistema cardio-sentimental. En pacientes diagnosticados de crisis personal, el principio activo aumenta la capacidad de introspección, y por ende, de la autosugestión curativa.
5º) Recientes estudios atestiguan que la prevalencia del Síndrome del desengaño amoroso, disminuye con el uso continuado de fármacos musicales complejos, que actúan directamente en zonas de sistemas endocrinos inconcretos, con afectación de órganos inexistentes.
Necesita receta expedida por el Distrito Musical.
Mantenga este medicamento lejos del alcance de los seres absolutamente felices
Laboratorios Cáliz Marca Registrada
Cuarenta y dos años sirviendo al cliente, incluso si él no quiere
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Principio activo: Antony and the Johnsons Excipiente idóneo s.c.
Aviso: suelen aparecer ecos lejanos de parques, de noches de derrota, de preguntas sin respuesta.
Presentación:
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No tome Comprimidos musicales si:
- Es usted feliz en un centro comercial durante la Navidad.
- Disfruta las conversaciones telefónicas de más de media hora.
- Ha leído en el último mes más de dos best sellers.
- Nunca se ha sentido triste sin razón aparente.
Posología:
Una audición al día, aumentando la periodicidad si fuese preciso. No superar el límite de tres tomas diarias, salvo casos de decepción amorosa provocada por desengaño agudo, en cuyo caso, se aconseja consultar con el especialista.
Conducción y uso de máquinas
Pueden oírse los Comprimidos musicales en el coche, sobre todo si el paciente no conduce y tiene cerca una ventanilla con paisaje suficientemente evocador. Para el ordenador, se aconseja reproducir estando activo algún salvapantallas con fotos de personas queridas.
Embarazo:
No está demostrado que Comprimidos musicales aumente el riesgo de embarazo, sin embargo, no se aconseja su consumo junto a la pareja habitual, durante los días fértiles.
Uso de otros medicamentos:
Comprimidos musicales es compatible con una botella de vino y una copa, en cuyos bordes uno pueda dejar resbalar los labios. Sobre otros sicotrópicos, consulte con su farmacéutico o su camello de guardia.
Posibles efectos adversos:
1º) Ocasionalmente se han descrito cuadros de insensibilidad al principio activo, provocados sobre todo por exceso de pragmatismo, ausencia de introspección y abuso de los programas televisivos de crónica rosa.
2º) En caso de incomprensión de las letras o de falta de emoción, suspender el tratamiento y devolver inmediatamente el envase a su proveedor habitual. Los criterios de eliminación de envases desechados son muy estrictos para este tipo de preparados.
3º) Abundante literatura médica reconoce, sin óbice de la falta de ensayos clínicos que lo corroboren, que el consumo habitual de Comprimidos musicales obliga al enfermo a acudir a otros fármacos con el mismo principio activo. Para ello, Laboratorios Cáliz dispone de una amplia gama de productos al servicio de la moderna terapia.
4º) Efectos cardiacos. El principio activo puede interferir en complejos fenómenos del sistema cardio-sentimental. En pacientes diagnosticados de crisis personal, el principio activo aumenta la capacidad de introspección, y por ende, de la autosugestión curativa.
5º) Recientes estudios atestiguan que la prevalencia del Síndrome del desengaño amoroso, disminuye con el uso continuado de fármacos musicales complejos, que actúan directamente en zonas de sistemas endocrinos inconcretos, con afectación de órganos inexistentes.
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11/01/09
La habitación del relato: Publicado en "Relatos para leer en el autobús"

Emisoras de radio
Para los compañeros de micrófono
A todo el mundo le interesa la fama, eso es indiscutible. Queremos saber qué sienten los que se encuentran en la cumbre de su carrera, y queremos conocer también cómo fue el camino que les llevó hasta allí. Algunos incluso creen que ahí se esconde un gran secreto, la clave de la felicidad tal vez. Pero yo creo que no es para tanto; que el triunfo y el fracaso no se diferencian demasiado. Que si nos fijamos bien, en el fondo son dos caras de la misma moneda.
Quizás aclare algo más, si cuento que cuando comencé mi carrera hace veinte años, yo era un periodista de segunda en una emisora de provincias. Ya se sabe cómo son las radios pequeñas, hay poco personal y se dispone de escasos medios. De manera que había días en que tenía que hacer de productor del programa, como había otros en los que ejercía de locutor frente al micro, y alguno, de técnico de sonido en la cabina de control. Hasta de mujer de la limpieza, si era necesario.
Un día en que una epidemia de gripe había diezmado a los compañeros que trabajaban en la emisora, me encontré con que debía hacer el magazine de la mañana en directo, y no disponía de nadie para manejar los controles de la cabina. No me apuré. Como el estudio era pequeño, podía decir unas frases en el micrófono, y a continuación salir disparado hasta la cabina para meter la sintonía del programa o los temas musicales que había preparado. Durante la segunda hora del programa, estaba previsto realizar una entrevista a un invitado, y en mitad de la misma era obligatorio insertar un bloque de anuncios. La publicidad es al fin y al cabo la que paga, y por tanto, es la que manda. Eso no se discute ni en las emisoras pequeñas, ni en las grandes.
Comencé la entrevista y, cuando llegó el momento, dejé formulada la pregunta al invitado y corrí hacia la cabina de control. Desde el otro lado del cristal, mediante señas, le advertí que estuviese tranquilo, que no tardaría en volver. Si bien, resultaba evidente que aquel personaje, que tan seguro se mostraba segundos antes, al encontrarse sin mi presencia ni mis comentarios, parecía vacilante e inseguro en sus respuestas.
Aquello despertó mi curiosidad. Bajé al archivo de la emisora y elegí algunas cintas con programas antiguos. Durante varias semanas estuve escuchando las entrevistas que habían realizado otros compañeros, y comprendí que cuanto más importante era el sujeto, cuanto más rutilante su figura, más necesario era que se reflejase su personalidad en el entrevistador. Daba igual que fuese un político, un cantante de moda o alguna de esas figuras del mundo de la farándula cuyo único mérito es la popularidad. Para mostrar esa imagen de personaje público al que todo el mundo desea conocer, resultaba imprescindible que alguien les hiciese de espejo.
Puede que todo esto les parezca una solemne tontería, las fantasías propias de un presentador que después de tantos años frente al micrófono quiere seguir sintiéndose protagonista a cualquier precio. Pero en aquel momento creí haber encontrado algo interesante, y me atreví a realizar un experimento. Tendí una trampa a un político local, uno de esos personajes que se creen imprescindibles porque llevan más años que nadie mandando, y a los que ya han entrevistado centenares de veces en todos los medios de comunicación de la ciudad. Tras iniciar el programa, puse una excusa y le dejé sólo en el estudio para que él se presentara a los oyentes. Luego, debía responder a un cuestionario de preguntas escritas que le había dejado encima de la mesa.
Fue decepcionante y revelador. El tipo se marchó indignado y amenazando con recurrir a sus abogados. Ni qué decir tiene que me gané una sonora bronca por parte de mis jefes, y que a punto estuve de perder mi empleo. Y sin embargo, en la centralita de la emisora se recibieron algunas llamadas comentando la originalidad del programa.
En la siguiente ocasión que tuve, situé a una estrella de la música que estaba de gira por la ciudad, frente a un gran auditorio completamente vacío. Qué sinceras y honestas las respuestas que allí se dieron, libres del peso abrumador de la gran masa de público, de los aplausos y vítores a los que aquel artista estaba acostumbrado. De hecho, salio tan sorprendido, que a micrófono cerrado me confesó que había sido la entrevista más difícil que le habían hecho nunca.
Curiosamente, tras estos experimentos la audiencia de mi programa comenzó a subir. La gente llamaba para opinar, o para quejarse. Ya se sabe que en el mundo de los medios de comunicación, cuanto más extraña es una propuesta más polémica genera. Y cuanta más polémica, más audiencia.
Al cabo de unos meses la dirección de la emisora me cambió a un horario mejor, me proporcionó algún presupuesto y pude traer invitados de cierto prestigio. Continué con mis experimentos, con mis “locuras”, como las calificaban en la redacción. En la temporada siguiente, me llamaron para incluir el programa en la parrilla de la cadena a nivel nacional. Como consecuencia, las firmas patrocinadoras se disputaron un hueco en mi espacio y me nombraron manager de algo. Me aumentaron una barbaridad el sueldo, es lo que quiero decir.
De repente, sin causa ni aviso, surgieron algunos imitadores, y tal vez como consecuencia me concedieron premios y reconocimientos. En la mayoría de los casos abrumadores e inmerecidos, pero así son los premios. Los oyentes demandan otras formas de entrevistar, quieren puntos de vista diferentes y sucesos inesperados durante las emisiones, explicaban los estudiosos de la comunicación que se fijaron en mi programa. De la noche a la mañana mi presencia era reclamada en todo tipo de eventos, y mis opiniones se escuchaban con atención pese a que yo sabía bien que en ocasiones no eran sino solemnes tonterías. Pero, qué importa, siempre habrá alguien con un micrófono que esté interesado en oírte, que te considere impresionante o genial. Porque la fama es algo así como una maravillosa infección, de la cual todo el mundo desea contagiarse.
Gracias a ello gané mucho dinero, y durante dos décadas trabajé para una de las cadenas de radio más importantes de este país. Conocí por supuesto a decenas de personajes importantes, que mientras se ponían los auriculares estaban ya pensando en que fuese como fuese la entrevista que tenía pensado hacerles, debían dar la impresión de que estaban allí por algo, que su trayectoria les había llevado a un triunfo clamoroso.
Hasta que hace unas semanas, la empresa de comunicación más importante del país, rival de la mía, vino a ofrecerme una auténtica fortuna por hacer un programa en el que me entrevistase a mí mismo. Dijeron que querían indagar en las nuevas formas de comunicación que yo había abierto. Aunque es más probable que pensaran que con ese señuelo me estarían tendiendo una trampa, y que al aplicarme yo mismo mis teorías perdería el prestigio que había logrado.
El caso es que siempre he sido temerario, y accedí. Cuando esta mañana me he encontrado en el enorme estudio de radio, sólo frente al micrófono, he recordado que curiosamente, lo que yo quería decir con mi trabajo de tantos años, es que el éxito no se diferencia demasiado del fracaso, que son algo así como las dos caras de una misma moneda.
Por eso, he aprovechado mi autoentrevista, para anunciar que ha llegado el momento de retirarme. Que sólo aquel que abandona en la cumbre, puede decir que es un triunfador.
Para los compañeros de micrófono
A todo el mundo le interesa la fama, eso es indiscutible. Queremos saber qué sienten los que se encuentran en la cumbre de su carrera, y queremos conocer también cómo fue el camino que les llevó hasta allí. Algunos incluso creen que ahí se esconde un gran secreto, la clave de la felicidad tal vez. Pero yo creo que no es para tanto; que el triunfo y el fracaso no se diferencian demasiado. Que si nos fijamos bien, en el fondo son dos caras de la misma moneda.
Quizás aclare algo más, si cuento que cuando comencé mi carrera hace veinte años, yo era un periodista de segunda en una emisora de provincias. Ya se sabe cómo son las radios pequeñas, hay poco personal y se dispone de escasos medios. De manera que había días en que tenía que hacer de productor del programa, como había otros en los que ejercía de locutor frente al micro, y alguno, de técnico de sonido en la cabina de control. Hasta de mujer de la limpieza, si era necesario.
Un día en que una epidemia de gripe había diezmado a los compañeros que trabajaban en la emisora, me encontré con que debía hacer el magazine de la mañana en directo, y no disponía de nadie para manejar los controles de la cabina. No me apuré. Como el estudio era pequeño, podía decir unas frases en el micrófono, y a continuación salir disparado hasta la cabina para meter la sintonía del programa o los temas musicales que había preparado. Durante la segunda hora del programa, estaba previsto realizar una entrevista a un invitado, y en mitad de la misma era obligatorio insertar un bloque de anuncios. La publicidad es al fin y al cabo la que paga, y por tanto, es la que manda. Eso no se discute ni en las emisoras pequeñas, ni en las grandes.
Comencé la entrevista y, cuando llegó el momento, dejé formulada la pregunta al invitado y corrí hacia la cabina de control. Desde el otro lado del cristal, mediante señas, le advertí que estuviese tranquilo, que no tardaría en volver. Si bien, resultaba evidente que aquel personaje, que tan seguro se mostraba segundos antes, al encontrarse sin mi presencia ni mis comentarios, parecía vacilante e inseguro en sus respuestas.
Aquello despertó mi curiosidad. Bajé al archivo de la emisora y elegí algunas cintas con programas antiguos. Durante varias semanas estuve escuchando las entrevistas que habían realizado otros compañeros, y comprendí que cuanto más importante era el sujeto, cuanto más rutilante su figura, más necesario era que se reflejase su personalidad en el entrevistador. Daba igual que fuese un político, un cantante de moda o alguna de esas figuras del mundo de la farándula cuyo único mérito es la popularidad. Para mostrar esa imagen de personaje público al que todo el mundo desea conocer, resultaba imprescindible que alguien les hiciese de espejo.
Puede que todo esto les parezca una solemne tontería, las fantasías propias de un presentador que después de tantos años frente al micrófono quiere seguir sintiéndose protagonista a cualquier precio. Pero en aquel momento creí haber encontrado algo interesante, y me atreví a realizar un experimento. Tendí una trampa a un político local, uno de esos personajes que se creen imprescindibles porque llevan más años que nadie mandando, y a los que ya han entrevistado centenares de veces en todos los medios de comunicación de la ciudad. Tras iniciar el programa, puse una excusa y le dejé sólo en el estudio para que él se presentara a los oyentes. Luego, debía responder a un cuestionario de preguntas escritas que le había dejado encima de la mesa.
Fue decepcionante y revelador. El tipo se marchó indignado y amenazando con recurrir a sus abogados. Ni qué decir tiene que me gané una sonora bronca por parte de mis jefes, y que a punto estuve de perder mi empleo. Y sin embargo, en la centralita de la emisora se recibieron algunas llamadas comentando la originalidad del programa.
En la siguiente ocasión que tuve, situé a una estrella de la música que estaba de gira por la ciudad, frente a un gran auditorio completamente vacío. Qué sinceras y honestas las respuestas que allí se dieron, libres del peso abrumador de la gran masa de público, de los aplausos y vítores a los que aquel artista estaba acostumbrado. De hecho, salio tan sorprendido, que a micrófono cerrado me confesó que había sido la entrevista más difícil que le habían hecho nunca.
Curiosamente, tras estos experimentos la audiencia de mi programa comenzó a subir. La gente llamaba para opinar, o para quejarse. Ya se sabe que en el mundo de los medios de comunicación, cuanto más extraña es una propuesta más polémica genera. Y cuanta más polémica, más audiencia.
Al cabo de unos meses la dirección de la emisora me cambió a un horario mejor, me proporcionó algún presupuesto y pude traer invitados de cierto prestigio. Continué con mis experimentos, con mis “locuras”, como las calificaban en la redacción. En la temporada siguiente, me llamaron para incluir el programa en la parrilla de la cadena a nivel nacional. Como consecuencia, las firmas patrocinadoras se disputaron un hueco en mi espacio y me nombraron manager de algo. Me aumentaron una barbaridad el sueldo, es lo que quiero decir.
De repente, sin causa ni aviso, surgieron algunos imitadores, y tal vez como consecuencia me concedieron premios y reconocimientos. En la mayoría de los casos abrumadores e inmerecidos, pero así son los premios. Los oyentes demandan otras formas de entrevistar, quieren puntos de vista diferentes y sucesos inesperados durante las emisiones, explicaban los estudiosos de la comunicación que se fijaron en mi programa. De la noche a la mañana mi presencia era reclamada en todo tipo de eventos, y mis opiniones se escuchaban con atención pese a que yo sabía bien que en ocasiones no eran sino solemnes tonterías. Pero, qué importa, siempre habrá alguien con un micrófono que esté interesado en oírte, que te considere impresionante o genial. Porque la fama es algo así como una maravillosa infección, de la cual todo el mundo desea contagiarse.
Gracias a ello gané mucho dinero, y durante dos décadas trabajé para una de las cadenas de radio más importantes de este país. Conocí por supuesto a decenas de personajes importantes, que mientras se ponían los auriculares estaban ya pensando en que fuese como fuese la entrevista que tenía pensado hacerles, debían dar la impresión de que estaban allí por algo, que su trayectoria les había llevado a un triunfo clamoroso.
Hasta que hace unas semanas, la empresa de comunicación más importante del país, rival de la mía, vino a ofrecerme una auténtica fortuna por hacer un programa en el que me entrevistase a mí mismo. Dijeron que querían indagar en las nuevas formas de comunicación que yo había abierto. Aunque es más probable que pensaran que con ese señuelo me estarían tendiendo una trampa, y que al aplicarme yo mismo mis teorías perdería el prestigio que había logrado.
El caso es que siempre he sido temerario, y accedí. Cuando esta mañana me he encontrado en el enorme estudio de radio, sólo frente al micrófono, he recordado que curiosamente, lo que yo quería decir con mi trabajo de tantos años, es que el éxito no se diferencia demasiado del fracaso, que son algo así como las dos caras de una misma moneda.
Por eso, he aprovechado mi autoentrevista, para anunciar que ha llegado el momento de retirarme. Que sólo aquel que abandona en la cumbre, puede decir que es un triunfador.
4/11/08
La habitación de los relatos: Hechos de Lisa

Noventa pasajeros en un autobús para cincuenta plazas, anotó en el cuaderno. Mujeres, ancianos, muchachos, pero todos con sus parejas de cestas o sus parejas de bolsas. Incluso dos gallinas, convenientemente sujetas, cuyas patas al aire se crispan cada cierto tiempo. Y en el asiento de enfrente, esa pareja formada por dos viejecitos arrugados, que le miraban en silencio desde que salieron de Pamuz cuatro horas antes, y comenzó aquel viaje que podía ser un gesto de solidaridad, u otro acto más de publicidad de la empresa que fundaron Roque y él.
Roque y él accionistas de aquel invento sustentado sobre luz y entusiasmo que se llamó Dencine, y que llegó a producir alguna que otra buena película, especie rara en el país pese a todas las revelaciones y campañas. La productora de la que Roque salió huyendo dos años atrás, porque decía que se ahogaba, que necesitaba un cambio; y que curiosamente, ahora iba a competir en esa ceremonia de Navidad elevada al cubo que llaman con un nombre ridículo. Porque las palabras no poseen el menor valor para todos esos magnates que habitan mansiones con piscinas kilométricas, sólo las imágenes tienen sentido.
A Lisa la conocía de antes, otro detalle que durante algún tiempo le pareció importante, aunque finalmente fuese a ser tan irrelevante como el resto de circunstancias con las cuales organizó el carnaval de desvelos y reproches durante bastante tiempo.
Cuatro horas desde que aquella tartana que llamaban: el autobús de los palmerales, enfiló la carretera del Sur y el paisaje poco a poco se fue engullendo a sí mismo. Como si las llanuras devorasen las huertas y las casas, las montañas y las lomas, hasta dejar sólo esa estepa vacía que no tiene ni principio ni fin. EL DESIERTO. Anotó con mayúsculas, creyendo que así expresaría mejor el estado de ánimo que le producía. Y cerró aquel cuaderno, que no se creía capaz de usar cuando lo compró en Pamuz, luego de dos días recorriendo los hoteluchos de la ciudad en busca de una pista de su socio.
Roque y él accionistas de aquel invento sustentado sobre luz y entusiasmo que se llamó Dencine, y que llegó a producir alguna que otra buena película, especie rara en el país pese a todas las revelaciones y campañas. La productora de la que Roque salió huyendo dos años atrás, porque decía que se ahogaba, que necesitaba un cambio; y que curiosamente, ahora iba a competir en esa ceremonia de Navidad elevada al cubo que llaman con un nombre ridículo. Porque las palabras no poseen el menor valor para todos esos magnates que habitan mansiones con piscinas kilométricas, sólo las imágenes tienen sentido.
A Lisa la conocía de antes, otro detalle que durante algún tiempo le pareció importante, aunque finalmente fuese a ser tan irrelevante como el resto de circunstancias con las cuales organizó el carnaval de desvelos y reproches durante bastante tiempo.
Cuatro horas desde que aquella tartana que llamaban: el autobús de los palmerales, enfiló la carretera del Sur y el paisaje poco a poco se fue engullendo a sí mismo. Como si las llanuras devorasen las huertas y las casas, las montañas y las lomas, hasta dejar sólo esa estepa vacía que no tiene ni principio ni fin. EL DESIERTO. Anotó con mayúsculas, creyendo que así expresaría mejor el estado de ánimo que le producía. Y cerró aquel cuaderno, que no se creía capaz de usar cuando lo compró en Pamuz, luego de dos días recorriendo los hoteluchos de la ciudad en busca de una pista de su socio.
25/09/08

Lisboa
Una noche,
Herder fue Lisboa.
Fue vidas en azulejo,
tranvías desolados
tiempos auténticos.
Tuvo ese azul atlántico,
y tuvo esa bruma
que nadie ha logrado dibujar nunca.
Disfrutó sonando a fado
y sintiendo los pasos,
de incontables caminantes.
Se acostó en el Océano,
y al día siguiente
se estaba levantado en sus vientos.
Herder sabe,
que quien ha sido Lisboa
puede ser ya ser feliz
en todos los puertos.
Herder Guzmán, nació no hace aún medio siglo en un pueblo de la costa de Cádiz, de madre brasileña y padre pescador. Aprendió a amar los libros gracias a un maestro benévolo que andaba siempre dispuesto a ponerse como ejemplo, tanto de lo bueno como de lo malo. Embarcado como marino mercante, encontró en el viaje y en la diversidad de las gentes, un sinfín de preguntas. Autodidacta, lee todo aquello capaz de entusiasmarle. Se acerca a la poesía con la mirada asombrada, incrédula, convencido de que ha encontrado una forma de responder algunas de esas preguntas.
Una noche,
Herder fue Lisboa.
Fue vidas en azulejo,
tranvías desolados
tiempos auténticos.
Tuvo ese azul atlántico,
y tuvo esa bruma
que nadie ha logrado dibujar nunca.
Disfrutó sonando a fado
y sintiendo los pasos,
de incontables caminantes.
Se acostó en el Océano,
y al día siguiente
se estaba levantado en sus vientos.
Herder sabe,
que quien ha sido Lisboa
puede ser ya ser feliz
en todos los puertos.
Herder Guzmán, nació no hace aún medio siglo en un pueblo de la costa de Cádiz, de madre brasileña y padre pescador. Aprendió a amar los libros gracias a un maestro benévolo que andaba siempre dispuesto a ponerse como ejemplo, tanto de lo bueno como de lo malo. Embarcado como marino mercante, encontró en el viaje y en la diversidad de las gentes, un sinfín de preguntas. Autodidacta, lee todo aquello capaz de entusiasmarle. Se acerca a la poesía con la mirada asombrada, incrédula, convencido de que ha encontrado una forma de responder algunas de esas preguntas.
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