Domus Cáliz

por si alguna vez no fuese posible vivir en otro lugar

12/4/08

Cuidados Médicos, publicado en el volumen Ficción Sur, Antología de relatistas andaluces




Hay quien opina que los hospitales son todos iguales, y hay quien dice que no se parecen a nada. Algunos los llaman sanatorios, otros prefieren el nombre de clínica. Lo cierto es que en general las habitaciones son siempre similares, muy similares y muy simples: camas, sillones de plástico, una mesita austera, y una foto con una enfermera pidiendo silencio. Unas lámparas que emiten una luz tan monótona, que parece que a ratos deja de existir.
En realidad solo quien haya pasado una larga temporada en ellos, sabe lo que son. Para empezar, aquí traen a los enfermos. No vienen, los traen. Pero ¿Qué es un enfermo? Un día, cuando estaba recién llegado, se lo pregunté a los médicos que me visitaban. Se miraron unos a otros, el cardiólogo se llevó la mano al corazón, el de digestivo me apretó el estómago, la enfermera se apartó a un lado y el siquiatra exclamó: interesante, muy interesante. Organizaron una reunión, estuvieron horas discutiendo y luego ordenaron que me hiciesen diversas pruebas: punciones, sondas, placas, extracciones, purgas, cosas todas dolorosas y desagradables. Yo adivinaba si la prueba de ese día iba a ser dura por el número de enfermeras que venían a hacérmela: más batas verdes, peor. Decidieron que volverían a verme cuando tuvieran todos los resultados, pero no vinieron. Al menos yo no les vi. El siquiatra sí que volvió. Se sentó enfrente y estuvo un buen rato haciéndome preguntas que no contesté. Tomó notas de todo, de mi colocación en la cama, de la dirección en la que miraban mis ojos, hasta de la postura que él mismo había adoptado. Cuando se marchaba, se despidió con un simple: volveré para otra sesión. Y entonces le respondí: interesante, muy interesante.

6/3/08


Pocos libros como “La mano gloriosa y otros cuentos”, de Marcel Schwob, cumplen tan magníficamente los diversos aforismos que vienen a ensalzar lo breve, y hacen de los volúmenes pequeños el lugar donde pueden esconderse las mayores sorpresas. Editado por la Universidad de México en una edición exquisita, esconde en sus humildes dimensiones, recetas inagotables para saciar el apetito de golosos lectores.
Sólo Shwob, dueño de un universo tan extraordinario de personajes, acontecimientos y ambientes, sólo el inventor del género de las vidas imaginarias, podía componer una obra delirante pero al tiempo reveladora. Sólo alguien que, como Schwob, poseía una singularidad tan acendrada que evitaba pasar delante de los espejos para no multiplicar su esencia; alguien tan convencido del poder de la invención que eligió su propio nombre, alguien que comprendió que cualquier relato destinado a quedar en la memoria de los hombres debe dar vida a una leyenda, un creador, un monstruo.

27/1/08

La habitación Muntadas


Muntadas: La construcción del miedo y la pérdida de lo público


















































































































Antoni Muntadas muestra en el Centro José Guerrero (Granada-España) la decoración y el mobiliario de la habitación más visitada en cualquier hogar de este planeta nuestro, que probablemente ya no sea esférico, sino que tenga forma de pantalla.

Potente, completa, irreverente y raras veces decepcionante, la exposión realiza un recorrido por la obra de este genial traductor de imágenes.


Si hay que decir algo elogioso de esta estancia de un escrutador de imágenes, es que sus visitantes pueden permitirse el lujo de pensar y sonreir.

24/12/07

Concierto de Navidad


Acudo a escuchar a Jerry González, el trompetista neoyorkino que viene a Granada acompañando a una banda de flamenco. El americano, que ha tocado con algunos de los grandes del jazz, se limita a sentarse y llevar el ritmo con la caja.
Durante el concierto advierto lo complicado es hacer buen flamenco, más aún mezclarlo con otro estilo. Sólo cuando la locura y el duende se apoderan de los músicos, cuando se olvidan de lo que quieren tocar y tocan, hay algún instante verdaderamente interesante.

Pero entonces aparece Jerry, coge la trompeta y en tres notas organiza un tren en el que nos subimos todos los que tenemos orejas en la sala. El tren de Jarry es un expreso que circula de N.Y. al Caribe, haciendo paraditas breves en esta tierra gitana que se queda pasmada con la melodía que el tren de Jerry instaura bajo la luz azul de los focos. Con sus gafas oscuras, con el aspecto de estar ya en otro sitio que tienen los grandes jazzman, Jarry parece ese pirata, ese loco que solo roba notas exactas y atrevidas.
Un maquinista que lleva la locomotora en los labios, en la forma de dibujar una melodía que quiere estar en dos continentes a un mismo tiempo.

15/12/07

En la cocina por Navidad


Leo otro capítulo de Las arquitecturas del deseo, de José A. Marina y me voy a la cocina a preparar una cola de salmón con verduras. Llevo un par de ideas sobre la voluntad irrenunciable de los humanos para desear, sobre su obsesión por ser sólo esas cosas que salen de su voluntad. Sofrío espárragos y unas judías verdes troceadas con ajo fino, añado un puñado de gambas peladas. Tiene tanta razón Marina, hay algo antes del deseo, algo previo que no conocemos y que llega a explicar incluso esta locura de comidas y bebidas continuas que llaman Navidad. Corto la cola de salmón en dados y los añado a las verduras removiendo para dorar muy levemente, sin llegar a alterar la carne por dentro.
Es posible que seamos sólo una pasta de deseos organizados según un patrón que reconocemos apenas nos cruzamos con un semejante. Un sofisticado catálogo de pulsiones que tratamos denodadamente durante décadas de organizar. Una salsa de queso de cabra sirve para escarchar el pescado y las verduras, para disimular que a veces el salmón no se liga con nada.
Me gustaría tanto probar esta comida fría, cuando el queso se haya convertido en una costra que engarce las gambas con los espárragos. Pero el deseo es eso. ¿Ustedes gustan?

30/11/07

Clouds: Una tarde zanganeando por el hiperespacio.

El 30 de noviembre de 1994 murió Guy Debord, de la única manera en que muere un papel de lija.



No trabajéis jamás
Guy Debord




Y sin duda nuestro tiempo...prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser.

Es preciso trascender la mera idea de escándalo. Una vez que la negación de la concepción burguesa del arte y el genio ha llegado a ser un hermoso sombrero demasiado viejo, el dibujo de un bigote sobre la Mona Lisa no es más interesante que la versión original de tal pintura.


De todos los acontecimientos en lo que participamos, con o sin interés, la búsqueda fragmentaria de una nueva forma de vida es el único aspecto todavía apasionante.

Se ha dicho durante mucho tiempo que el desierto es monoteísta

Textos de Guy Debord

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