Domus Cáliz

por si alguna vez no fuese posible vivir en otro lugar

4/11/08

La habitación de los relatos: Hechos de Lisa


Noventa pasajeros en un autobús para cincuenta plazas, anotó en el cuaderno. Mujeres, ancianos, muchachos, pero todos con sus parejas de cestas o sus parejas de bolsas. Incluso dos gallinas, convenientemente sujetas, cuyas patas al aire se crispan cada cierto tiempo. Y en el asiento de enfrente, esa pareja formada por dos viejecitos arrugados, que le miraban en silencio desde que salieron de Pamuz cuatro horas antes, y comenzó aquel viaje que podía ser un gesto de solidaridad, u otro acto más de publicidad de la empresa que fundaron Roque y él.
Roque y él accionistas de aquel invento sustentado sobre luz y entusiasmo que se llamó Dencine, y que llegó a producir alguna que otra buena película, especie rara en el país pese a todas las revelaciones y campañas. La productora de la que Roque salió huyendo dos años atrás, porque decía que se ahogaba, que necesitaba un cambio; y que curiosamente, ahora iba a competir en esa ceremonia de Navidad elevada al cubo que llaman con un nombre ridículo. Porque las palabras no poseen el menor valor para todos esos magnates que habitan mansiones con piscinas kilométricas, sólo las imágenes tienen sentido.
A Lisa la conocía de antes, otro detalle que durante algún tiempo le pareció importante, aunque finalmente fuese a ser tan irrelevante como el resto de circunstancias con las cuales organizó el carnaval de desvelos y reproches durante bastante tiempo.
Cuatro horas desde que aquella tartana que llamaban: el autobús de los palmerales, enfiló la carretera del Sur y el paisaje poco a poco se fue engullendo a sí mismo. Como si las llanuras devorasen las huertas y las casas, las montañas y las lomas, hasta dejar sólo esa estepa vacía que no tiene ni principio ni fin. EL DESIERTO. Anotó con mayúsculas, creyendo que así expresaría mejor el estado de ánimo que le producía. Y cerró aquel cuaderno, que no se creía capaz de usar cuando lo compró en Pamuz, luego de dos días recorriendo los hoteluchos de la ciudad en busca de una pista de su socio.

25/9/08



Lisboa

Una noche,
Herder fue Lisboa.

Fue vidas en azulejo,
tranvías desolados
tiempos auténticos.

Tuvo ese azul atlántico,
y tuvo esa bruma
que nadie ha logrado dibujar nunca.

Disfrutó sonando a fado
y sintiendo los pasos,
de incontables caminantes.

Se acostó en el Océano,
y al día siguiente
se estaba levantado en sus vientos.

Herder sabe,
que quien ha sido Lisboa
puede ser ya ser feliz
en todos los puertos.



Herder Guzmán, nació no hace aún medio siglo en un pueblo de la costa de Cádiz, de madre brasileña y padre pescador. Aprendió a amar los libros gracias a un maestro benévolo que andaba siempre dispuesto a ponerse como ejemplo, tanto de lo bueno como de lo malo. Embarcado como marino mercante, encontró en el viaje y en la diversidad de las gentes, un sinfín de preguntas. Autodidacta, lee todo aquello capaz de entusiasmarle. Se acerca a la poesía con la mirada asombrada, incrédula, convencido de que ha encontrado una forma de responder algunas de esas preguntas.

15/9/08


Película fresca y recomendable. Algunas carcajadas memorables y la confirmación de que la comedia se agota, muere y rejuvenece porque el amor y los dramáticos intentos de los hombres por alcanzarlo, son un combustible inagotable. Actores jóvenes, un lenguaje visual que no renuncia a ser original y ganas de incordiar. Si la diversión es la respuesta, cuál era la pregunta.

4/9/08

Regreso de las vacaciones

Este verano,

he tenido ocasión de probar mi nuevo GPS con pantalla táctil










he comprobado los efectos de la terrible crisis inmobiliaria












he comprendido lo cerca que están los auténticos paraísos perdidos












y he admirado el trabajo del mejor de los diseñadores













He aprendido que, en ocasiones, lo más importante es la lentitud









y tenido ocasión de contemplar obras de arte antiquísimas













Y por supuesto, en algún momento, me he sentido como un turista

20/6/08

A vueltas con la ficción


Según César Aira, desde Montesquiu la ficción se plantea como un auxiliar del pensamiento, lo cual ha hecho que la literatura sea una nueva forma de conocer la realidad. Pero, ¿es esto todavía cierto?
Ya todos conocemos el mundo por la ficción, todo el mundo conoce N.Y, por las series de policía que ha visto en la TV, el espacio interestelar es real desde que el cine lo convirtió en auténtico, sabemos cómo era el rostro de Cleopatra.
Pero, ¿sigue habiendo dosis de realidad en la ficción?
Si la respuesta es negativa, no hay de qué preocuparse: escribir es un juego de niños, un pasatiempo ideado por jóvenes airados, escribir una cosa u otra no debe preocuparnos, pues es intrascendente.
Pero, si la ficción es capaz de “poseer” una parte de la realidad, qué podemos hacer los escritores para aumentar esa parte de la realidad que tenemos “capturada” en nuestros textos:

¿Hacerlos más evidentes, más reales?
¿Volcarnos en la fantasía más absoluta?

4/6/08

Escribiendo novela, la habitación más luminosa de la casa



La versión Amanda

Quiero escribir una novela, le dije a todo el mundo. Dejaré la televisión y todo lo que hay alrededor para convertirme en escritor. Pero ¿Cuándo se convierte uno en escritor? Mientras estás escribiendo, o en el momento de publicar por fin lo que hayas logrado crear en la soledad de tu cubil. Porque todo el mundo parece de acuerdo en que la palabra “escritor” define a quien se gana la vida con la literatura. Somos aquello que nos da de comer, y reservamos los calificativos dudosos para quienes, por las razones que sea, no terminan de obtener una rentabilidad económica del asunto: escritor aficionado, escritor en ciernes, escritor frustrado. Si bien, rellenar unos cientos de páginas con el fruto de nuestra imaginación no debería tener como único propósito el de ganar dinero, y tal vez lo deseable fuese que ambas cuestiones no estuviesen tan directamente relacionadas.
Ahora mismo no sé en cual de todas esas categorías me encuentro. Lo que sí sé es que mis ganas de cambiar de vida fueron determinantes aquella noche en que di la espantada en la entrega anual de premios de la Asociación de Emisoras de Televisión: decenas de fans pasando frío en la puerta, los hombres más inteligentes y las mujeres más guapas del país, cámaras hasta en el pasillo de los servicios, millones de telespectadores dispuestos a idolatrar a cualquiera que esa noche subiese al escenario para recoger su estatuilla. Una butaca vacía.

12/4/08

Cuidados Médicos, publicado en el volumen Ficción Sur, Antología de relatistas andaluces




Hay quien opina que los hospitales son todos iguales, y hay quien dice que no se parecen a nada. Algunos los llaman sanatorios, otros prefieren el nombre de clínica. Lo cierto es que en general las habitaciones son siempre similares, muy similares y muy simples: camas, sillones de plástico, una mesita austera, y una foto con una enfermera pidiendo silencio. Unas lámparas que emiten una luz tan monótona, que parece que a ratos deja de existir.
En realidad solo quien haya pasado una larga temporada en ellos, sabe lo que son. Para empezar, aquí traen a los enfermos. No vienen, los traen. Pero ¿Qué es un enfermo? Un día, cuando estaba recién llegado, se lo pregunté a los médicos que me visitaban. Se miraron unos a otros, el cardiólogo se llevó la mano al corazón, el de digestivo me apretó el estómago, la enfermera se apartó a un lado y el siquiatra exclamó: interesante, muy interesante. Organizaron una reunión, estuvieron horas discutiendo y luego ordenaron que me hiciesen diversas pruebas: punciones, sondas, placas, extracciones, purgas, cosas todas dolorosas y desagradables. Yo adivinaba si la prueba de ese día iba a ser dura por el número de enfermeras que venían a hacérmela: más batas verdes, peor. Decidieron que volverían a verme cuando tuvieran todos los resultados, pero no vinieron. Al menos yo no les vi. El siquiatra sí que volvió. Se sentó enfrente y estuvo un buen rato haciéndome preguntas que no contesté. Tomó notas de todo, de mi colocación en la cama, de la dirección en la que miraban mis ojos, hasta de la postura que él mismo había adoptado. Cuando se marchaba, se despidió con un simple: volveré para otra sesión. Y entonces le respondí: interesante, muy interesante.

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