Domus Cáliz

por si alguna vez no fuese posible vivir en otro lugar

18/9/07

Salón comedor




“El siglo patafísico”, es el título de un libro que estamos preparando en Ediciones Traspiés para conmemorar el centenario de la muerte de Alfred Jarry, genial, maldito e incomprendido autor de algunas de las propuestas más originales y descollantes de la literatura de principios del siglo veinte.
Primera sorpresa: las locuras patafísicas del autor del Ubu Rey parecen decisiones razonables al lado de la realidad que nos presentan cada día los medios de comunicación en este inicio del siglo XXI.
Segunda sorpresa: la lógica del absurdo impregna de tal modo la realidad que a nadie se le ocurre sustituirla por un pensamiento racional, sino que las sucesivas locuras se van superponiendo unas a otras.
¿Tendremos que cambiar el título para que se llame “Los siglos patafísicos”?

7/9/07

Videoteca: sobre Bergman

Me encargaron un artículo sobre Ingmar Bergman antes del verano, y su reciente muerte ha puesto aún más de actualidad el monográfico que la revista El Fingidor, de la Universidad de Granada planea dedicarle.
Decidí hacerlo sobre “Pasión”, una de sus mejores películas, pese a que no cuenta con la aureola de “Fanny y Alexander” o “Secretos de un matrimonio”.
Confieso que me ha costado escribir sobre el gran maestro sueco, pese a que me fascina su escritura dramática, su dirección de actores, y la planificación de las escenas. Pero es que Bergman, a pesar de su colosal talento, trasmite un mensaje contra el cual hay algo que se revuelve en mi interior. No es únicamente por su pesimismo sobre las relaciones humanas, su desconfianza en la fuerza redentora de los sentimientos, es que al final de cada una de esas escenas tan magníficamente filmadas me queda la sensación de que Bergman se ha dejado algo fuera. Que ha omitido un pulso fundamental de sus personajes, ese instante en que se permitieron un gesto de grandeza, de ilusión o de sacrificio, que contradice o al menos justifica todo lo anterior. No somos ángeles, cierto, pero el príncipe de la oscuridad que Bergman dibuja tampoco me parece fidedigno.
Puede que nuestra modernidad necesitase un cineasta de la talla de I. Bergman para mostrarnos los rincones más oscuros del mundo de la pasión y los sentimientos, pero si en nuestro interior habitase únicamente el caudal de confusión y malestar que él muestra en sus películas, no tendría el menor mérito estar vivo. Y eso es algo que no me gustaría tener que aceptar.

30/8/07

prensa

Leo la controversia creada por la Sra. Rosa Regas, y me pregunto si cuando la criticaron por embolsarse una millonada al ejercer como jurado en el premio Planeta, (siendo ya funcionaria pública con altos complementos) también lo hacían por su condición de mujer. Si cuando los críticos más honestos, aquellos que no tienen amistad con el poderoso grupo de escritores de Barcelona que ella frecuenta, desvelaron la poca capacidad narrativa de sus novelas, también lo hacían por ser mujer.
Una pregunta:
¿Se puede seguir invocando la discriminación de género para ocultar turbios intereses personales?

28/8/07

Videoteca

Si crees que el cine es riesgo, si estás cansado de que todas las películas digan lo mismo, si te interesan las indagaciones en el amor y el sexo, “Shortbus” escrita y dirigida por el neoyorkino James Cameron Mitchel es tu película para este verano. Tras haber sido ignorada por las Salas de cine, afortunadamente ahora llega en DVD esta ácida comedia sobre los problemas que los sofisticados personajes de Cameron Mitchel tienen con sus relaciones personales. Historias cruzadas en un N.Y. de interiores, con el denominador común de la insatisfacción en el mundo de los sentimientos, y como consecuencia de ello, y a veces también como causa, la experimentación sexual sin límites. A pesar de que en algún momento Cameron Mitchel se ponga trascendente o reiterativo, su propuesta sigue siendo atrevida e interesante.

19/7/07

Videoteca

Mujeres en el parque, de Felipe Vega, me ha parecido una película sólida, bien planteada, humilde, y con alguna incongruencia en el guión, que quizás hubiera podido pulirse. Extraño en el trabajo de Felipe Vega, más aún andando Manuel Hidalgo de por medio. Pero sobre todo, me ha encantado el rostro, la forma de estar en cámara de una actriz que se llama Bárbara Lennie. Deben darle papeles a esta muchacha, que hable, que deje que los encuadres la busquen mientras observa a los demás personajes.

13/7/07

Jardín con pérgola

Cerca de Montefrío (Granada) existe un lugar llamado Peña de los Gitanos. Además de tumbas neolíticas, además de amplias praderas, allí puede descubrirse todo un catálogo de silencios. No es extraño que incluso a un tarugo como yo, se le ocurran unos versos.

Me acusan de reírme de mi mismo
Pero no me divierten esos
Profundos errores
Que uno sostiene contra el tiempo
Me río de que no pocas veces
Descubro que el acierto
Nació de esa contradicción
Que ahora tanto celebro.

Cuando llegue el próximo error
Será lo de siempre:
Dar el paso, dar el paso.

12/7/07

Escritorio

Nueva novela-nuevo planeta

Comienzo a escribir una nueva novela, comienzo un viaje al continente más alejado y más cercano del que disponemos los hombres. No llevo billete, ni mapas, ni equipaje, sólo la capacidad de sorpresa, la imaginación, y las ganas de dejarme llevar. Aquí van los dos folios iniciales.



Hechos de Raquel y Lisa


Qué se supone que soy: un médico, un amigo, un hermano ¿Curo, mejoro a la gente? ¿He logrado cambiar algo en estos años? Puede que no sea el mejor momento para hacer preguntas, o que las preguntas no deba hacerlas sobre mi trabajo, sino sobre mí mismo. Que sea eso lo que realmente me inquieta, no la consulta ni los historiales médicos, mucho menos la cuenta de resultados, cualquier cuenta de resultados que pudiese establecer: en dinero, en sentimientos, o si fuese suficientemente ingenuo, en ilusiones. Saber lo que realmente nos importa, ese es uno de los problemas que se supone yo ayudo a resolver a la gente que viene a verme. Y lo cierto es que gracias a ese trabajo he aprendido, mediante errores e intuición, a encontrar las pequeñas verdades que el desconsuelo tan hábilmente esconde.
Entiendo que mi problema es Lisa. Mejor dicho, mis dos problemas son ella y los conflictos que ella arrastraba. Porque arrastrar es un verbo más apropiado que tener, para describir ese tipo de situaciones. Los problemas que la trajeron hasta mi consulta la mañana de abril en que la despaché con un comprimido diario y tres o cuatro halagos personales. Inteligentes, por supuesto, porque Lisa no iba a conformarse con un simple elogio a sus ojos verdemar o al talento que denotaba su forma de creerse y no creerse, que yo la estaba entendiendo. Es intuitivamente lista, como muchas de las mujeres listas y como todas las mujeres intuitivas. Y era también, lo sigue siendo, aunque ahora con un tono más maduro, moderadamente imaginativa, divertida a veces, sobre todo en esas ocasiones en que deja salir a la audaz, a la insólita mujer que fue construyendo en el mundo sofisticado del cine al que la llevaron sus dos amigos. Pero es sobre todo sincera y solidaria, tan sincera y solidaria como esas campañas de sacrificio personal que lleva a cabo con su Ong, por cualquiera de los suburbios del mundo. Al menos allí, quiso aclararme, me curo del egoísmo de los artistas, de sus necesidades de genialidad y autoestima. Esos esfuerzos de humildad, esos rende vu con su compasión que ella juzga ya como imprescindibles. Al menos así me lo quiso contar durante las sesiones siguientes, igual que me contó la intensidad de su doble vida con esos dos socios que a causa de su relación con ella, dejaron de serlo.
Y claro, se suponía que yo iba a entender, a ordenar todo eso, iba a sacar mi varita mágica de ciencia bajo cita periódica e iba a establecer un diagnóstico. Un diagnóstico puede ser bueno o malo, aunque en realidad a nadie le importa demasiado, siempre y cuando luego el tratamiento sea efectivo. Podría haberla sometido a una batería de test, pese a que siempre he tenido mis dudas de que unas preguntas redactadas por un desconocido puedan decirnos nada sobre otro desconocido. Podría haberle recetado algunos fármacos que rebajasen la tensión que traía, proponerle pequeños cambios en su vida: descanso, técnicas de relajación. Incluso podría haberle presentado a otras personas con su mismo problema, para que viese de verdad en qué consiste la enfermedad. Pero decidí optar por el camino más largo e incierto, por el apoyo continuo para que ella misma desvelase sus trampas. Ese estar siempre a su lado con la capacidad de comprender, que yo he vendido como mi arma secreta. Y si digo arma, es porque arma es una palabra más apropiada que tratamiento. Así pues instigué su ego hasta una altura en que se topase con el de los demás, restauré esta autoestima que linda directamente con la autoestima de los otros y por ficción o por contagio termina debilitándose, perdiendo energía hasta que comenzamos a quejamos de la vida que nos ha tocado vivir.
En ese esfuerzo comenzó todo. En esa comprensión que tanto se parece al cariño o la admiración. Y aunque no es la primera vez que me ha gustado una de mis pacientes, no me cabe duda que tener a horas semanales fijas la posibilidad de ver a la persona que deseas, era el paraíso para el enamorado pragmático en que yo me había ido convirtiendo.

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