Domus Cáliz

por si alguna vez no fuese posible vivir en otro lugar

20/6/08

A vueltas con la ficción


Según César Aira, desde Montesquiu la ficción se plantea como un auxiliar del pensamiento, lo cual ha hecho que la literatura sea una nueva forma de conocer la realidad. Pero, ¿es esto todavía cierto?
Ya todos conocemos el mundo por la ficción, todo el mundo conoce N.Y, por las series de policía que ha visto en la TV, el espacio interestelar es real desde que el cine lo convirtió en auténtico, sabemos cómo era el rostro de Cleopatra.
Pero, ¿sigue habiendo dosis de realidad en la ficción?
Si la respuesta es negativa, no hay de qué preocuparse: escribir es un juego de niños, un pasatiempo ideado por jóvenes airados, escribir una cosa u otra no debe preocuparnos, pues es intrascendente.
Pero, si la ficción es capaz de “poseer” una parte de la realidad, qué podemos hacer los escritores para aumentar esa parte de la realidad que tenemos “capturada” en nuestros textos:

¿Hacerlos más evidentes, más reales?
¿Volcarnos en la fantasía más absoluta?

4/6/08

Escribiendo novela, la habitación más luminosa de la casa



La versión Amanda

Quiero escribir una novela, le dije a todo el mundo. Dejaré la televisión y todo lo que hay alrededor para convertirme en escritor. Pero ¿Cuándo se convierte uno en escritor? Mientras estás escribiendo, o en el momento de publicar por fin lo que hayas logrado crear en la soledad de tu cubil. Porque todo el mundo parece de acuerdo en que la palabra “escritor” define a quien se gana la vida con la literatura. Somos aquello que nos da de comer, y reservamos los calificativos dudosos para quienes, por las razones que sea, no terminan de obtener una rentabilidad económica del asunto: escritor aficionado, escritor en ciernes, escritor frustrado. Si bien, rellenar unos cientos de páginas con el fruto de nuestra imaginación no debería tener como único propósito el de ganar dinero, y tal vez lo deseable fuese que ambas cuestiones no estuviesen tan directamente relacionadas.
Ahora mismo no sé en cual de todas esas categorías me encuentro. Lo que sí sé es que mis ganas de cambiar de vida fueron determinantes aquella noche en que di la espantada en la entrega anual de premios de la Asociación de Emisoras de Televisión: decenas de fans pasando frío en la puerta, los hombres más inteligentes y las mujeres más guapas del país, cámaras hasta en el pasillo de los servicios, millones de telespectadores dispuestos a idolatrar a cualquiera que esa noche subiese al escenario para recoger su estatuilla. Una butaca vacía.

12/4/08

Cuidados Médicos, publicado en el volumen Ficción Sur, Antología de relatistas andaluces




Hay quien opina que los hospitales son todos iguales, y hay quien dice que no se parecen a nada. Algunos los llaman sanatorios, otros prefieren el nombre de clínica. Lo cierto es que en general las habitaciones son siempre similares, muy similares y muy simples: camas, sillones de plástico, una mesita austera, y una foto con una enfermera pidiendo silencio. Unas lámparas que emiten una luz tan monótona, que parece que a ratos deja de existir.
En realidad solo quien haya pasado una larga temporada en ellos, sabe lo que son. Para empezar, aquí traen a los enfermos. No vienen, los traen. Pero ¿Qué es un enfermo? Un día, cuando estaba recién llegado, se lo pregunté a los médicos que me visitaban. Se miraron unos a otros, el cardiólogo se llevó la mano al corazón, el de digestivo me apretó el estómago, la enfermera se apartó a un lado y el siquiatra exclamó: interesante, muy interesante. Organizaron una reunión, estuvieron horas discutiendo y luego ordenaron que me hiciesen diversas pruebas: punciones, sondas, placas, extracciones, purgas, cosas todas dolorosas y desagradables. Yo adivinaba si la prueba de ese día iba a ser dura por el número de enfermeras que venían a hacérmela: más batas verdes, peor. Decidieron que volverían a verme cuando tuvieran todos los resultados, pero no vinieron. Al menos yo no les vi. El siquiatra sí que volvió. Se sentó enfrente y estuvo un buen rato haciéndome preguntas que no contesté. Tomó notas de todo, de mi colocación en la cama, de la dirección en la que miraban mis ojos, hasta de la postura que él mismo había adoptado. Cuando se marchaba, se despidió con un simple: volveré para otra sesión. Y entonces le respondí: interesante, muy interesante.

6/3/08


Pocos libros como “La mano gloriosa y otros cuentos”, de Marcel Schwob, cumplen tan magníficamente los diversos aforismos que vienen a ensalzar lo breve, y hacen de los volúmenes pequeños el lugar donde pueden esconderse las mayores sorpresas. Editado por la Universidad de México en una edición exquisita, esconde en sus humildes dimensiones, recetas inagotables para saciar el apetito de golosos lectores.
Sólo Shwob, dueño de un universo tan extraordinario de personajes, acontecimientos y ambientes, sólo el inventor del género de las vidas imaginarias, podía componer una obra delirante pero al tiempo reveladora. Sólo alguien que, como Schwob, poseía una singularidad tan acendrada que evitaba pasar delante de los espejos para no multiplicar su esencia; alguien tan convencido del poder de la invención que eligió su propio nombre, alguien que comprendió que cualquier relato destinado a quedar en la memoria de los hombres debe dar vida a una leyenda, un creador, un monstruo.

27/1/08

La habitación Muntadas


Muntadas: La construcción del miedo y la pérdida de lo público


















































































































Antoni Muntadas muestra en el Centro José Guerrero (Granada-España) la decoración y el mobiliario de la habitación más visitada en cualquier hogar de este planeta nuestro, que probablemente ya no sea esférico, sino que tenga forma de pantalla.

Potente, completa, irreverente y raras veces decepcionante, la exposión realiza un recorrido por la obra de este genial traductor de imágenes.


Si hay que decir algo elogioso de esta estancia de un escrutador de imágenes, es que sus visitantes pueden permitirse el lujo de pensar y sonreir.

24/12/07

Concierto de Navidad


Acudo a escuchar a Jerry González, el trompetista neoyorkino que viene a Granada acompañando a una banda de flamenco. El americano, que ha tocado con algunos de los grandes del jazz, se limita a sentarse y llevar el ritmo con la caja.
Durante el concierto advierto lo complicado es hacer buen flamenco, más aún mezclarlo con otro estilo. Sólo cuando la locura y el duende se apoderan de los músicos, cuando se olvidan de lo que quieren tocar y tocan, hay algún instante verdaderamente interesante.

Pero entonces aparece Jerry, coge la trompeta y en tres notas organiza un tren en el que nos subimos todos los que tenemos orejas en la sala. El tren de Jarry es un expreso que circula de N.Y. al Caribe, haciendo paraditas breves en esta tierra gitana que se queda pasmada con la melodía que el tren de Jerry instaura bajo la luz azul de los focos. Con sus gafas oscuras, con el aspecto de estar ya en otro sitio que tienen los grandes jazzman, Jarry parece ese pirata, ese loco que solo roba notas exactas y atrevidas.
Un maquinista que lleva la locomotora en los labios, en la forma de dibujar una melodía que quiere estar en dos continentes a un mismo tiempo.

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